Esa rareza de la ciencia y La necesidad de un nuevo estilo de gobernante

Por AMANDO de MIGUEL

Una de las grandes carencias de la sociedad española de todos los tiempos ha sido la escasa dedicación de sus habitantes al menester científico.

La ciencia es el resultado de la penosa contienda entre el propósito de aplicar la razón a observar la realidad y la condición humana, fuertemente, irracional. No es una cuestión de falta de vocaciones científicas en la tribu universitaria o profesional. El asunto es más de mentalidad de la población general. Es la conducta, tan prevalente en España, del que gasta una gran parte de sus ingresos en darse una buena vida, confiando en el azar (loterías y apuestas, por ejemplo). Por eso, le resulta raro invertir en conocimiento. La opción tiene su lógica, puesto que la ilusión del juego o de otras satisfacciones inmediatas complace más que el esfuerzo por acumular saberes.

Por otra parte, parece una simplificación excesiva imaginar que el uso sistemático de la razón se reduce a las operaciones lógicas, que suelen hacer los profesores o los científicos de cualquier disciplina. Hay, también, una racionalidad del hombre corriente sin muchas luces, al aplicar una especie de sabiduría heredada de andar por casa. El ejemplo típico podría ser el de Sancho Panza como juez en la ínsula Barataria. A esa cualidad la podríamos llamar “sentido común”, por mucho que sea excepcional. En el otro extremo, los tratadistas de materias científicas, al cavilar como ciudadanos corrientes, pueden mostrarse, sumamente, irracionales.

Es un error de percepción creer que nuestra época contemporánea es, plenamente, científica. No hay más que recordar el caso eminente de un Einstein, a principios del siglo XX, reflexionando sobre el universo. En ese momento, lo que se consideraba “universo” era, solo, el minúsculo conglomerado de la Vía Láctea, uno de los miles de millones de galaxias de nuestro universo; aunque, probablemente, haya más de uno. El limitado conocimiento de Einstein lo compartía con todas las civilizaciones que han sido.

En un reciente y provocativo ensayo, Racionalidad, de Steven Pinker, el autor arguye que “la democracia… reduce las probabilidades de guerra”. La afirmación, tenida por un dechado de racionalidad, no deja de ser un mito o una superchería más, de las muchas que se ridiculizan en ese libro. El hecho es que los Estados Unidos de América, el modelo reconocido de democracia, ha sido uno de los países contemporáneos más proclives a declarar o participar en guerras.

No está tan clara la dicotomía entre el pensamiento mágico o superchero y el que califica la actitud científica. Durante milenios, y aun hoy, han sido muchas las personas dedicadas a la astrología o confiadas en esa forma de irracionalidad. Una de ellas, verdaderamente, egregia, por sus resultados científicos, fue el polaco Copérnico. Entre otras averiguaciones de su etapa de astrólogo, intuyó que las mareas se determinaban por los movimientos de la Luna. Precisamente, otro gran sabio de la época, Galileo, rebatió esa averiguación, por considerarla un mito. Hoy, sabemos que la hipótesis de Copérnico estaba en lo cierto.

Aunque se considere que la ciencia es un producto exclusivo de la Edad Moderna europea, las bases se sentaron en la Edad Media. No es casual que, en esa época, cuajaran las Universidades y se fabricaran los primeros relojes mecánicos.

No siempre las observaciones sistemáticas sobre la naturaleza arrojan resultados científicos. Desde principios del siglo XVIII, en Inglaterra, se vienen recogiendo, día por día, la amplitud de las oscilaciones de las “manchas solares”. Se registra que presentan un ciclo constante de unos 11 años, pero nadie ha logrado dar una explicación de esa insólita regularidad.

Es fácil admirar los resultados de la ciencia, considerados como “tecnología” o “progreso”. Pero, la base es la formación de una mentalidad propicia a hacer un uso sistemático de las observaciones. Aunque, pueda parece un juicio extravagante, la “verdad” es, siempre, provisional; a falta de una ulterior rectificación.

La necesidad de un nuevo estilo de gobernante

Amando de Miguel

La historia política de la España de los dos últimos siglos ha sido un constante vaivén entre “liberales y serviles”, como se llamaron al principio. Ambas facciones se turnaban en el poder, a menudo, con violencia. Se han producido toda suerte de “revoluciones”, pero, eran, más bien, la negación de los contrarios, más que la afirmación de un nuevo proyecto. Por tanto, se podría decir que lo nuestro han sido las “contrarrevoluciones”.

Los gobernantes de los varios regímenes españoles han seguido el modelo de los médicos (los ciudadanos como pacientes) o los maestros (los ciudadanos como niños). Eso, en el mejor de los casos. Ambos patrones se hallan muy gastados; son insuficientes e, incluso, dañinos a la hora de llevar los asuntos públicos. Hay que considerar a los ciudadanos como contribuyentes; esa es la raíz de sus derechos y obligaciones.

No nos vendría nada mal dar un tajo a nuestras tradiciones para que se constituyera un nuevo tipo de gobernante más apto. Da igual que sea mujer o varón, blanco o negro, de ciencias o de letras, conservador o progresista. Lo fundamental es que la pléyade de los que mandan cumpla una serie de condiciones o exigencias de calidad. Un comparando: son las que exigen los pescadores para echar las redes en un cardumen. Se me ocurren cuatro requisitos, una cantidad apta para una armónica construcción geométrica.

En primer lugar, se precisa un mínimo de inteligencia natural o práctica. No vale la acumulación de grados de un currículum convencional. Se demuestra, sobre todo, en la elección del equipo dirigente. Por ejemplo, a estas alturas hay un cierto acuerdo en que el presidente Suarez era un virtual iletrado, pero supo elegir a colaboradores más capaces que él mismo. En el polo opuesto, nuestro amado presidente actual, el doctor Sánchez, autor de libros desconocidos, ha constituido un numeroso Consejo de Ministros con verdaderas nulidades. No le salva el hecho de que la mitad sean mujeres.

En segundo lugar, visto lo visto a lo largo de la historia de la España contemporánea, habrá que desconfiar de los mandamases que pretendan pasar por carismáticos o taumatúrgicos. Esa tropa ha sido demasiado abundosa. Se requieren personas más normales, reacias a la ostentación y privilegios con que hemos tratado, siempre, a los gerifaltes.

El tercer requisito es más sutil. Una mínima exigencia moral es que los dirigentes de la nación no tengan, por necesidad, que hacerse ricos por la simple ocupación de la Presidencia del Gobierno. Son demasiado ostentosos los ejemplos recientes en los que, así, ha sucedido. Hace falta una norma tan sencilla como la que se aplica en los Estados Unidos de América, y eso que se trata del país hegemónico en el mundo. Si el presidente utiliza el avión o el helicóptero oficiales para desplazarse a un acto del partido o privado, viene obligado a pagar la factura de su bolsillo. Por lo mismo, en España sería muy plausible que el jefe del Ejecutivo se financiera su veraneo de la misma manera. Son detalles mínimos, pero, significativos.

En último lugar, el gobernante no debe dar la impresión de que su objetivo en la vida es eternizarse en el cargo. No estaría mal aprobar una ley que prohibiera la reelección del presidente del Gobierno o cargos asimilados más allá de una legislatura. Ya sé que, en México, un precepto como ese induce a robar más. No obstante, en España, se podría eliminar tal tentación con otros procedimientos de, lo que podríamos llamar, cultura política.

Lo más claro es que el mandamás se disponga a monitorizar un marco ecosostenible con transversalidad de género y cibergobernanza, con el fin de asegurar la resiliencia. Todo lo demás son macanas.

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