Dado la gravedad actual de los sucesos en Irán, publicamos este artículo en Aceprensa de Luis Luque:

“Cuando intento hablar sobre usted aquí en Teherán, la gente se encierra en un silencio temeroso”, le dijo Oriana Fallaci al entonces shah de Persia, M. Reza Pahlavi, en 1973. “Ni siquiera se atreven a pronunciar su nombre, Majestad. ¿Por qué?”, añadió, y el aludido respondió: “Por respeto exagerado, supongo”. La periodista italiana no le mencionó el dato de que, justo en esos días, la policía política del régimen (la Savak) estaba torturando y/o fusilando a decenas y decenas de opositores políticos. Conque tal vez la palabra respeto…
Muy mal tienen que estar las cosas en Irán bajo el yugo de los ayatolás para que el referente de bienestar y libertad de una parte de la gente sea la Persia anterior a 1979, y para que un hijo de aquel temido shah –el príncipe Reza Pahlavi, exiliado en EE.UU.– se convierta para muchos en el deseado, el que comande un proceso de transición de un régimen islámico a uno de corte laico y más democrático. Pero es que, si en tiempos de Pahlevi senior se fusilaba, en los del ayatola Alí Jamenei se ahorca: para el 14 de enero, más de dos semanas después del inicio de las protestas masivas contra la falta de libertad y la asfixia económica que sufre la gente de a pie, las autoridades programaron –y a última hora postergaron– la ejecución de un primer manifestante, Erfan Soltani, de 26 años, a modo de advertencia a los que piden cambios.
En cada oleada de protestas contra el sistema teocrático que encabeza Jamenei, los resultados finales vienen siendo los mismos: la gente se levanta, sea contra el insoportable coste de la vida, sea contra las imposiciones religiosas, o contra la represión –a veces letal– por no ceñirse a los códigos de conducta impuestos por la casta clerical chiita. Le sigue entonces una contundente reacción policial y, tras un par de semanas, los ciudadanos, visto que nada cambia, se vuelven decepcionados a sus casas. Finalmente, las autoridades ajustan cuentas con los más “destacados” en los tribunales y en el patíbulo.
Quizás por eso ahora mismo, entre los que se manifiestan, pocos aceptan volverse atrás. Porque las hileras de cadáveres –más de 2.400 asesinados hasta el momento, según datos de la disidencia iraní– son el mejor argumento para entender que el régimen no hace rehenes.
Pezeshkian, la gran decepción
Las protestas, que se iniciaron a finales de diciembre, tuvieron su origen en el descontento de los comerciantes de equipos electrónicos, a los que la abrupta devaluación de la moneda les ha hecho casi imposible seguir importando mercancía y obtener algún beneficio. A día de hoy, para conseguir un dólar estadounidense hay que desembolsar 1,47 millones de riales.
El Gobierno se confiesa “sin ideas” sobre cómo resolver la corrupción, las luchas políticas internas y el déficit en las cuentas públicas
Se lo están sintiendo los comerciantes y quienes no lo son. Según explicaba en The Atlantic el escritor Arash Azizi, un dólar costaba 250.000 riales en 2021, pero hace apenas diez años se compraba por 30.000. “Ese continuo declive ha diezmado los ahorros, destruido la clase media e infligido verdadero dolor a las clases trabajadoras”.
La aguda sequía, que está provocando restricciones del suministro de agua, y los cortes eléctricos se han unido a la elevadísima inflación y a los apuros económicos de los menos favorecidos. “Los iraníes pobres pasan hambre”, afirma The Economist, y lo ejemplifica con que el subsidio gubernamental de 8 dólares mensuales establecido para estas capas poblacionales no da para mucho más que una bolsa de arroz o una jarra de aceite. El Gobierno, más exactamente su presidente Masoud Pezeshkian, se confiesa superado por la situación y literalmente “sin ideas” sobre cómo resolver los problemas derivados de la fuerte corrupción, las luchas políticas internas y un gasto gubernamental otrora desorbitado.
Pezeshkian, un cirujano cardiovascular con vocación política reformista, “ha sido una gran decepción desde cualquier punto de vista –dice Azizi a Aceprensa–, aunque también ha lidiado con una situación muy difícil, al tener que gestionar las operaciones encubiertas y los ataques israelíes (de junio de 2025), una economía en caída libre y el endurecimiento de las sanciones externas. En cuanto a sus emblemáticas promesas sociales, también ha fracasado. Logró poner fin a la obligatoriedad del hiyab, pero solo de manera informal y sin un cambio legislativo. No ha logrado acabar con la censura ni con las restricciones en internet, como había prometido. Y lo que es más importante: se ha limitado a observar el colapso económico. Sus potestades están severamente restringidas, ya que la mayor parte del poder reside en el Líder Supremo (Jamenei), no en el presidente”.
En tal sentido, añade, “la incapacidad del régimen para ofrecer una economía decente a su pueblo es una de las principales razones por las que lo odian y desean su desaparición. Los fracasos económicos del país están estrechamente vinculados a sus políticas centrales y a su sistema de gobierno irresponsable, ineficiente e incompetente”.
Pahlavi, la apuesta de los desesperados
¿Es lo suficientemente fuerte la actual movilización social como para mandar a casa –o a Rusia, en vuelos de huida– a la jerarquía gobernante? La última vez que las calles ardieron y se pensó que aquello era posible fue en 2022, en las protestas por la muerte de la joven Masha Amini tras una golpiza propinada por la “policía de la moral” por no llevar puesto el hiyab adecuadamente. Parecía que asistíamos a los momentos finales del sistema teocrático, pero aquello tuvo su punto de efervescencia y finalmente se apagó.
La principal diferencia entre aquel levantamiento y el presente, en opinión de Azizi, es que este último tiene “un carácter mucho más insurreccional. Refleja mucha más ira y desesperación. Las protestas son, de hecho, bastante numerosas, pero enfrentan muchos obstáculos en el camino hacia su gran objetivo de una revolución”.
En esto coincide Mehran Kamrava, profesor de Gobierno en la Universidad de Georgetown-Qatar. Según nos dice, las manifestaciones, que prendieron primeramente en ciudades pequeñas de la periferia, se tornaron violentas muy rápidamente, pero por ahora carecen del empuje suficiente para lograr un cambio real.
Algunos opinan que una intervención extranjera le haría el juego al régimen; lo ayudaría
“Más específicamente –dice–, no parece haber presión alguna sobre la Guardia Revolucionaria ni sobre el ejército regular; por lo tanto, las fuerzas de seguridad permanecen intactas y firmemente del lado del Estado, por lo que no vemos ninguna señal de que pueda haber una revolución”.
¿Podría catalizarla de alguna manera una figura como la del shah heredero Pahlavi, al que un sector de los manifestantes aclama, con la ayuda de un golpe quirúrgico israelí o estadounidense? No parece. Si algunos piden su regreso, apunta Kamrava, “se debe al reconocimiento de la marca, a que es alguien conocido, más que a que tenga una organización sobre el terreno, o a su misión o visión, pues no ha articulado ninguna”.
“La apuesta por Pahlavi se debe a la desesperación –señala por su parte Azizi–, ya que muchos lo ven como la única oportunidad de enfrentarse al régimen. Pero dudo de que tenga lo necesario. Es una figura divisiva que ha sido más el líder de una facción en particular que un líder nacional. Aunque él y otros líderes de la oposición pueden unirse para formar algo, por supuesto”.
En todo caso, si de la Casa Blanca depende, el aspirante a monarca no entrará en Teherán a caballo ni pasará bajo un arco de triunfo. Según dijo el presidente Donald Trump a un presentador de la plataforma Clash Report el pasado 8 de enero, Pahlavi le parecía “una persona agradable”, pero no era apropiado reunirse con él, sino esperar a ver otras posibilidades entre la oposición iraní. “Pienso que deberíamos dejar que todos salgan y ver quién emerge”, aseguró.
¿Un ataque estadounidense? “Mejor no”
El 13 de enero, Donald Trump posteó en su red social el anuncio de que la ayuda a los manifestantes iraníes iba “en camino”, lo que, a la luz del reciente golpe del Pentágono en Venezuela y la extracción de Nicolás Maduro, incitaría a imaginar una implicación militar más directa de EE.UU. para acabar de una vez con la que ha sido su principal fuente de desvelos en Oriente Medio desde 1979.
Claro que la capacidad de respuesta armada de Teherán sobrepasa por mucho a la venezolana, y tampoco sería fácil, llegado el caso, encontrar en el aparato gubernamental una Delcy a la que encomendarle los mandos de una transición. “Irán ha realizado un trabajo magistral manteniendo la unidad del régimen y evitando deserciones de alto perfil –asegura Nate Swanson en Atlantic Council–. La supervivencia del régimen siempre ha sido la consideración primordial, quizás en parte porque los líderes del país no tienen adónde ir”.
Por otro lado, tampoco es que un ataque externo coseche simpatías unánimes. “Hay que ser cuidadoso en esto –nos dice Azriel Bermant, investigador principal en el Instituto de Relaciones Internacionales de Praga–. He hablado con iraníes residentes en EE.UU. y me han dicho que solo los iraníes pueden echar abajo el régimen. Algunos opinan que una intervención extranjera le haría el juego al régimen; lo ayudaría. Tengo que decir, no obstante, que los ataques israelíes y estadounidenses de junio pasado ayudaron significativamente a debilitar al Gobierno: lo hicieron ver indefenso, vulnerable”.
Respecto a esto último, Kamrava discrepa. Según nos comenta, el ataque de junio pudo haber contribuido a la fuerte caída de la moneda, pero no necesariamente resultó en una percepción de debilidad de las fuerzas de seguridad, pues “el aparato coercitivo del Gobierno permanece intacto”.
En cuanto a la posibilidad de un golpe externo, hay mayor coincidencia. “Creo que cualquier Gobierno que se impusiera en Irán mediante un ataque militar extranjero carecería de legitimidad y credibilidad –señala el experto–. De hecho, sería, en cierto modo, una respuesta a las plegarias de la República Islámica, que podría señalar que muchos de los manifestantes cuentan con el apoyo directo de Israel, EE.UU. o ambos”.
De momento, sin embargo, los militares apostados en las antiaéreas para repeler la “ayuda en camino” de Trump están más reposados que quienes reparten plomo y palizas en las calles iraníes. Y los ciudadanos de a pie siguen poniendo los muertos, sin avistar, lastimosamente, el surgimiento de una figura sólida que arrincone de una vez a los ayatolás y que articule un programa de salida a la crisis nacional –no parece que Pahlavi pueda hacerlo–. Quizás no se atisbe el horizonte con demasiada claridad. Pero el hartazgo sigue ahí y está siendo increíblemente movilizador: ya han pasado un par de semanas, y la gente no se ha cansado.
