Ética e inteligencia emocional

En este blog continúo recogiendo unos comentarios al libro «Antropología paso a paso» de José R. Ayllón. Esta es la segunda entrega:

La ética

La libertad implica poder obrar de una manera u otra: la experiencia demuestra que las consecuencias observables de nuestros actos no son indiferentes, y podrán ser calificados de mejores o peores de lo que cabría esperar. En este sentido la ética describe las consecuencias de nuestros actos, para que cada uno sepa lo que hacer, lo bueno o lo malo. El problema está en saber qué es lo bueno y lo malo; pienso que es aquello que conviene a los demás y a nosotros mismos, que esto es el querer de Dios, ante quien somos responsables, y quien ha puesto en nuestros corazones la conciencia para descubrir su voluntad. A esto se podría objetar que uno hace las cosas porque quiere, no porque un dios le va a juzgar que no sabe si existe… es más, que lo que entiende que es bueno ahora puede cambiar después… A lo que responde el autor diciendo que la ética busca obrar conforme a la verdad, a la realidad de nuestra naturaleza, que es fuente del derecho universal, lo que llamamos ley natural.

Ambos puntos de vista (ley natural, querer de Dios) coinciden pues ambos vienen de Dios. El relativismo, que lo niega, surge cuando separamos la verdad del bien, cuando ilusoriamente pretendemos librarnos de las consecuencias de nuestros actos. Impugnar que no hay cosas buenas objetivas para todos es negar la realidad experimental de las cosas. En el fondo pienso que, si no existe Dios, nada tiene sentido, ni la verdad, ni las leyes de la naturaleza; todo sería relativo, el caos. En contra del relativismo, vemos que la conciencia -ese juicio interno de la razón sobre nuestros actos-, es algo común en la naturaleza humana, y que nos permite sopesar nuestros actos con una luz que nos es dada. Esta luz es común en todos los hombres, pero puede ser obscurecida por la voluntad, según nuestro comportamiento, y por influencias externas de cultura, educación, etc.

Es aquí, en nuestro comportamiento, donde radican las virtudes y los vicios. Dicen que le hombre es un animal de costumbres, pero lo que sí es cierto que en esta vida nos hacemos en el tiempo: la repetición de actos da lugar a las virtudes o los vicios, que a su vez facilitan esos actos: es como si cada acto dejara un poso en el alma que la fortalece o debilita, lo mismo que el ejercicio o su defecto fortalece o debilita al cuerpo. Las virtudes clásicamente se las ha clasificado en prudencia (habito de elegir lo correcto), justicia (su realización con respecto de los demás), fortaleza (constancia durante su realización) y templanza (moderación en los placeres sensibles). Realmente una virtud implica las demás, en el fondo se reducen a decidir bien (prudencia que radica en la razón) y actuar en consecuencia (fortaleza), bien con respecto a los demás (justicia) o con respecto a uno mismo (templanza).

La inteligencia emocional

El autor dedica un capítulo a la inteligencia emocional, los sentimientos, cuyo control está ligado a la virtud de la templanza, y que tienen tanta influencia en nosotros. Normalmente actuamos con unos objetivos más o menos conscientes, pero tanto su realización como sus consecuencias despiertan en nosotros reacciones somáticas de bienestar o malestar que nos acompañan, y que no podemos evitar. Nuestra percepción de las cosas pasa por el efecto que estas producen en nuestro cuerpo unido al alma. Las posturas extremistas, desprecio de los sentimientos – estoicos, Kant -, o las que propugnan su supremacía -romanticismo, Hume, Rousseau, no parecen razonables: Son las virtudes y un conocimiento propio de lo que nos hace daño en relación con la salud, la familia, la amistad, el trabajo, … las que nos permitirán gestionar los estados de ánimo adversos que inevitablemente se producirán, y de encauzar los sentimientos con la razón y la voluntad. Contamos con derrotas y victorias, pero siempre tenemos la posibilidad de rectificar.  

Conviene considerar aquí los motores que nos mueven a actuar, las pasiones, capaces de concentrar nuestra atención en algo que la reclama, y de reducir el resto del mundo a ruido de fondo, casi siempre relacionadas con la ira, el deseo, o su contrario, el miedo. Las pasiones pueden ofuscar o potenciar nuestra inteligencia, todo depende de nuestros hábitos adquiridos principalmente durante nuestra infancia y adolescencia, y de la educación recibida, pero raramente nos privan de la responsabilidad de los actos a los que se encaminan.

Afecto, amistad, amor

No es posible una conducta razonable ante las pasiones sin el concurso de unas virtudes adquiridas, que hagan ver la belleza de la naturaleza, y que posibiliten la amistad, la laboriosidad, la lealtad,… , y con la pubertad, que el deseo sexual -que es bueno en sí mismo- se mantenga controlado, pues o se domina al principio o nos domina él. Este control o contención no es algo negativo, pues implica orientar las acciones que la sexualidad pide para su fin: la unión y la procreación dentro del matrimonio, y por esto, evitar su ejercicio fuera de él. De esta forma se potencia la personalidad y el control de uno mismo que facilitará la entrega posterior en el matrimonio y a otras actividades nobles. Ambos aspectos, donación y procreación no pueden separarse sin violentar nuestra naturaleza. La trascendencia del acto sexual es tan grande por lo que representa de donación personal y apertura a la vida[1], que requiere la estabilidad del matrimonio.

El enamoramiento es esa atracción que la vista del otro nos produce en todo lo que es (cuerpo y alma). Debería ser previo al acto libre de la entrega en el matrimonio, que queda a nuestra elección, y que por ser entrega entre personas es hasta la muerte. Entonces el placer sexual en el matrimonio ya no es el objetivo, sino que acompaña a la procreación y es ayuda mutua para mantener la unión de los esposos. El hombre, a diferencia de los animales, es capaz de elegir incluso sobre su actividad sexual por motivos superiores (la entrega a los demás sin el compromiso de la entrega a otro en el matrimonio).

La amistad, el amor se refieren a las relaciones humanas en donde las personas se enriquecen mutuamente, y sin las cuales los seres humanos quedan aislados, infelices. Se pueden definir como el roce de dos almas que se miran y aprecian. Esta comunicación, ese «mirar» al otro, implica compartir afanes y ayuda mutua, que se dan cuando hay verdadera amistad, y que llega a ser amor cuando uno percibe en el otro una perfección invisible a los demás: El amor es el sentimiento más radical cuando se manifiesta en obras, incluso cuando los sentimientos ya no acompañan. Es el caso del amor exclusivo de un hombre con una mujer.

[1] La continuidad biográfica desde la concepción fundamenta la idea de que el embrión es ya un alguien, no un “algo”. A este respecto puede consultarse este artículo: ¿Qué es el embrión humano?. Reseña de ¿Qué es el embrión humano?. Aceprensa

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