El “wokismo”, una ideología hiperliberal

Por su interés reproducimos este artículo de Aceprensa, de Josemaría Carabante:

Desde las trincheras de las guerras culturales, los objetivos suelen verse borrosos, confusos. En el caso del wokismo, la primera línea de batalla sitúa allí una amalgama de marxismo radical y batiburrillo posmoderno, incluyendo en ese cajón de sastre la defensa del aborto, la hostilidad a la religión o el reclamo de lo trans… Todo en uno.

Unos pensadores creen que esta dolencia se arregla con dosis más altas de principios liberales; así piensan Francis Fukuyama o Yascha Mounk; otros juzgan que estos lodos provienen del barro individualista, hasta el punto de que la solución se halla en valores más tradicionales, aquellos que ha barrido el capitalismo.

Una ideología norteamericana

Para comprender el impacto y las señas de identidad de lo woke conviene recordar no solo que fue el asesinato del afroamericano Michael Brown, tras ser violentamente maltratado por la policía, lo que abrió la espita de las protestas, en 2014, sino también que el movimiento se presenta para reivindicar lo identitario, convirtiendo la definición de uno mismo en el principal objetivo de la contienda política.

Por sus orígenes, pues, responde a la idiosincrasia americana y parte de ese conflicto racial que, como una herida remisa a la cicatrización, atraviesa el supuesto país de la libertad. John Gray explica, atendiendo a ello, que el wokismo constituye una ideología localista, difícilmente exportable, motivo por el cual a este lado del Atlántico ha absorbido otros conflictos y tiene contornos indefinidos.

Aunque se suele remontar la tendencia a las revueltas estudiantiles del 68, habría que indicar, siendo rigurosos, que la clave data de unos años antes, concretamente con la aprobación de la Ley de Derechos Civiles, en 1964. Según afirma Erik Kaufmann, profesor de la Universidad de Londres, esta norma promulgada durante la presidencia de Johnson supuso el reconocimiento de la culpabilidad blanca y la entrada en la atmósfera pública de la dialéctica entre víctimas y victimarios.

Una dolencia liberal

Kaufmann y Gray están de acuerdo en que es erróneo atribuir la sensibilidad identitaria a los círculos marxistas. En opinión de ambos, el ADN del wokismo es claramente liberal, lo que explicaría que haya prendido con tanta fuerza en el mundo anglosajón, la cuna del capitalismo.

El movimiento se presenta para reivindicar lo identitario, convirtiendo la definición de uno mismo en el principal objetivo de la contienda política

Difícilmente podrá amainar el vendaval woke si se soslaya de qué fuente mana. En primer lugar, el individualismo extremo de las sociedades modernas, que desarraiga al yo hasta el punto de reputarlo producto del deseo arbitrario de cada uno. En segundo término, el deslizamiento de la libertad hacia la igualdad absoluta, al que alude Kaufmann. Y es que hoy la exigencia no es que todos posean las mismas oportunidades, ni que se lleve a cabo una redistribución económica. Se busca la paridad total de resultados, más allá de la raza, el género, los gustos sexuales e incluso el mérito, aunque para ello no haya más remedio que atribuir al Estado un poder omnímodo.

La izquierda tradicional ha visto con recelo estas aspiraciones, entre otros motivos porque la focalización en problemas de índole cultural erosiona el vigor de las reivindicaciones materiales. ¿Acaso no se adapta esa posibilidad de consumir compulsivamente identidades, como quien se atiborra de comida basura, al ethos neoliberal?

Revolucionarios de salón

La explosión de la subjetividad, el moralismo y el afán revanchista tienen más que ver con la cosmovisión burguesa y una visión radical de la justicia social que con la contracultura. Eso no significa que los defensores de lo woke no hayan asumido la jerga sesentayochista: no carecen, en efecto, de lazos con esa posmodernidad que se desligó de la emancipación ilustrada.

Pero la insistencia en su filiación con Marcuse, Derrida o Foucault puede ser perjudicial porque oculta la ascendencia “hiperliberal” y el igualitarismo extremista a los que se refiere Kaufmann en su último ensayo, Taboo: How Making Race Sacred Produced a Cultural Revolution (Forum, 2024).

El wokismo se ha convertido en la doctrina de la élite, en el catecismo de los revolucionarios de salón, para quienes empuñar ese estandarte es una forma de exculpación moral por el disfrute de sus privilegios. La manera, en fin, de aliviar su mala conciencia.

Quienes propugnan el identitarismo, ciertamente, conforman un grupo selecto y excelentemente posicionado. Para Musa al-Gharbi, sociólogo de la Universidad Stony Brook (Nueva York), los hooligans de la identidad están en posesión de una suerte de capital simbólico. Lo woke dota de estatus. Ahora bien, cuando las élites adoptan ideologías para sentirse bien, tienden a soslayar los compromisos reales con los más desfavorecidos.

La ineficacia de la lucha “woke”

La reprobación de los privilegios –así, en general– por parte de la élite acomodada no les lleva a renunciar a los que ellos disfrutan –estos, bastante concretos–. Piénsese en la virulencia de lo woke en los mejores centros universitarios, a los que llegan solo los elegidos.

En su ensayo We Have Never Been Woke: The Cultural Contradictions of a New Elite, publicado recientemente por Princeton University Press, el propio Al-Gharbi mantiene que las políticas woke son poco efectivas. Y paternalistas, al dar por supuesto que los marginados no pueden encaminarse por sí solos a la liberación.

El sociólogo americano apunta algunas inconsistencias del “capitalismo woke”. Por paradójico que pudiera parecer, en las sociedades donde este prolifera se presentan desigualdades más flagrantes, en comparación con otras.

Términos como “interseccionalidad”, “microagresión” o “privilegio” están menos presentes en los medios

La percepción de la desigualdad que difunden, por otro lado, es inexacta porque dan voz a supuestas víctimas que han salido de la opresión, de modo que no se sabe qué sienten o piensan los que están siendo realmente dejados atrás. Por último, esta élite culpa de la discriminación y la opresión a quienes no forman parte de ella; por ejemplo, tilda de racistas a los blancos del sur, o de xenofobia a los obreros o parados, a fin de descargarse de responsabilidad.

Una ideología en horas bajas

Bajo un prisma ideológico, se puede interpretar la victoria de Trump como un síntoma del agotamiento de lo woke en EE.UU. De hecho, el semanario The Economist sitúa en 2020-2021 el punto de ebullición del “despertar”; a partir de entonces, tanto en la opinión pública americana como en los medios se ha producido cierto enfriamiento

Según una encuesta, el porcentaje de quienes manifiestan estar preocupados por el racismo o el sexismo ha descendido diez puntos entre 2021 y 2024 (del 48% al 38%). Por contra, el rechazo a que los deportistas compitan en una categoría diferente a la de su sexo biológico ha aumentado, pasando del 53% al 61%.

Por otro lado, señala también The Economist, términos como “interseccionalidad”, “microagresión” o “privilegio” están menos presentes en los principales diarios norteamericanos. Asimismo, en los últimos años se han presentado 86 proyectos de ley para prohibir iniciativas woke en universidades de 28 estados norteamericanos; igualmente, en el ámbito empresarial el entusiasmo ha decrecido.

La lucha contra lo “woke”

Es pronto para saber si esto apunta a una auténtica crisis de lo woke o si más bien es un síntoma de que ha permeado tanto que ya no acapara el debate. Por otro lado, no es malo que haya calado un mayor compromiso con la igualdad. La debilidad del wokismo y del radicalismo identitario tiene que ver con quién lo defiende: una élite pudiente, distanciada de las preocupaciones sociales cotidianas.

A nadie se le escapa que, sea como fuere, lo woke predomina en los medios europeos y que no se sabe a ciencia cierta cuándo amainará aquí el movimiento.

La batalla, sin embargo, no debe restringirse al ámbito mediático, donde –según Kaufmann– el wokismo tiene las de ganar, porque los que no suscriben la nueva ideología están siendo sustituidos por jóvenes muy bien adoctrinados. Hay que actuar en el marco educativo y legal. De otro modo, será difícil que se apacigüe la fiebre que ha infligido este mal “despertar”.

La exitosa receta conservadora de “la directora de escuela más estricta de Reino Unido”

Nos es grato reproducir este artículo de Ana Zarzalejos Vicens publicado en Aceprensa:

Katharine Birbalsingh es, según los medios británicos, “la directora de escuela más estricta del país”. Pero su exigencia tiene un motivo: “Quiero que mis alumnos salgan al mundo y encuentren su propósito en la vida”. El caso es que la receta funciona. Y lo hace, además, en un barrio marginal de Londres, y con un alumnado mayoritariamente de origen inmigrante.

“Todos queremos el progreso, pero si estás en el camino equivocado, progreso significa dar media vuelta y volver al camino correcto; en ese caso el hombre que da la vuelta antes es el más progresista”: es la frase de C. S. Lewis que cuelga en el despacho de Katharine Birbalsingh, directora del colegio Michaela. 

En 2010, Katharine Birbalsingh saltó al ojo mediático al hablar en la conferencia del Partido Conservador (lo que le granjeó bastantes enemigos, aunque ella no pertenece a la formación). Su mensaje era sencillo: el sistema educativo está “roto” porque se ha dejado influenciar por ideologías que perjudican al alumno. 

En 2014 pasó del dicho al hecho y abrió un colegio aprovechándose de una reforma gubernamental que había dotado de más flexibilidad al sistema educativo británico al permitir la creación de las escuelas libres: colegios con un régimen similar al de los concertados en España.

A pesar de que los detractores de Birbalsingh hicieron todo lo posible por boicotear la apertura del colegio, la escuela Michaela lleva ya diez años en marcha con un alumnado de bajo nivel socioeconómico que ha conseguido colarse entre las mejores del país en los exámenes de secundaria.

En parte, las razones de este éxito pueden encontrarse en The power of culture, un libro escrito por algunos profesores de la escuela donde se explica, entre otros asuntos, por qué sigue mereciendo la pena enseñar a Shakespeare, por qué en un colegio con una alta presencia de migrantes se canta God Save the King o por qué en los pasillos los alumnos caminan en silencio (excepto si se cruzan con un miembro del equipo del colegio, al que entonces deben mirar a los ojos y saludar con un alto y claro “Buenos días, profesor”). 

El mensaje de bienvenida que se lee en la web también es bastante ilustrativo: “Somos diferentes. Ponemos de moda lo tradicional. Trabajamos duro y perseveramos. Nos encanta celebrar la bondad y la gratitud. Aceptamos retos y superamos obstáculos. Marcamos la diferencia para que un día podamos mirar atrás y saber que ha merecido la pena”. Lo de “trabajar duro” no es una metáfora: llegar unos minutos tarde, no tener el material necesario o no haber hecho los deberes son motivos para ganarse un castigo, que suele consistir en quedarse en el colegio media hora más después de que terminen las clases. Eso sí, el profesor hablará con el alumno para explicarle el porqué de la sanción, con un discurso que suele estar impregnado de la necesidad de la responsabilidad personal.

Conversamos con Katharine Birbalsingh para descubrir en qué consiste su “receta educativa”.

El alumno en el centro: autoridad y afecto

— ¿Qué se hace diferente en Michaela? ¿Cuál es la clave de su éxito? 

— Todas las buenas madres saben de lo que estoy hablando: los niños necesitan del elogio y el castigo. 

La clave es el afecto: les quieres lo suficiente como para mantener las expectativas altas. Ahora mismo, por ejemplo, justo fuera de mi puerta, tengo una cola de niños esperando a su media hora de castigo que tienen que cumplir después del colegio. ¿Qué más da? No es tan grave. Ellos llegan, cumplen con su media hora y se van a casa. No lo viven como el fin del mundo y lo agradecen porque saben que les ayuda a ser mejores.

En Michaela, el profesor es el que está al frente de la clase y el que lidera el aprendizaje. Lo contrario es ridículo

Pero todo esto lo haces porque los quieres. La gente piensa que ser estricto es malo, cuando en realidad, si eres estricto, significa que los quieres lo suficiente como para mantener tus expectativas altas. Y no tienes que tratarles mal, simplemente ser claro y coherente. 

Así que sí, la disciplina es un pilar fundamental de nuestra manera de hacer las cosas. Otro pilar fundamental es cómo enseñamos: el profesor es el que está al frente de la clase y es el que lidera el aprendizaje. 

Algunas personas rechazan este modelo porque no creen en los castigos o se sienten incómodos siendo la autoridad en el aula. A veces escuchas a maestros que dicen:  “Yo aprendo lo mismo de los niños que ellos aprenden de mí”. Bueno, pues eso es ridículo, quizá signifique que no eres un buen maestro. 

Esto es muy insultante para el alumno, porque él lo que necesita es convertirse en un adulto que sepa más que los niños. Esa es la cuestión del aprendizaje. 

Y, por último, nuestro pilar es la cultura del colegio. Nuestro libro se llama El poder de la cultura porque la cultura lo es todo: trabaja duro, empújate hasta tus límites, encuentra la motivación interna, toma la responsabilidad de tu propia vida. 

El curriculum en Michaela es exigente y está orientado a que los niños aprendan, saquen las mejores notas en los exámenes y tengan una cultura que les permita desenvolverse en entornos de los que la mayoría de esos alumnos no provienen. 

Pero también hay un énfasis en desarrollar el carácter del alumno para que se convierta en un adulto responsable, en un ciudadano que contribuya a la sociedad, en una persona capaz de asumir la tarea de hacerse cargo de la propia vida y de elegir el bien. 

Algo fundamental considerando que, dadas las circunstancias de su alumnado, Michaela compite muchas veces con la tentadora alternativa de las bandas criminales, el abandono escolar o una vida entregada al victimismo por haber nacido en circunstancias desfavorables. 

Responsabilidad, sacrificio, patriotismo, gratitud

— La cultura de Michaela se fundamenta en lo que tú llamas “valores conservadores con c minúscula”. ¿En qué consiste eso? 

— En inculcar un sentido de responsabilidad personal en ellos, en asegurarse de que entiendan que tienen poder sobre sus vidas y que no son víctimas, en construir un sentido de resiliencia en ellos y en motivarles para que vayan hacia adelante todo el tiempo y se atrevan a superar obstáculos. También en enseñarles el sentido del sacrificio, que aprendan sacrificar cosas que son importantes para sí mismos por el bien de los demás. 

Y, por supuesto, un sentido del deber. Que se pregunten: “¿Cuál es mi deber y mi rol en la vida? ¿Qué debería hacer para contribuir al mundo?” 

También les inculcamos la gratitud, porque no importa lo poco que tengas, siempre habrá alguien que tenga menos que tú, y ya solo el hecho de haber nacido en un país como Reino Unido (o en tu caso, España) nos convierte en las personas más afortunadas del mundo. 

— ¿Por qué ese énfasis en orgullo nacional? 

— Porque pertenecemos a algo, formamos parte de algo, no somos personas indiferentes que pasamos por casualidad por aquí, hay algo que nos une.

Si tu colegio no te ayuda a encontrar tu lugar en el país, entonces estarás para siempre en desventaja

No podemos negar el hecho de que hay países. El hecho es que los países importan, y que nosotros pongamos el foco en que todos formamos parte de nuestro país no tienen nada que ver con excluir a los demás, sino con asegurarnos de que los alumnos sienten que pertenecen a algo.

— Supongo que esto es especialmente importante para los alumnos a los que enseñáis, muchos de ellos extranjeros. Quizá un chico de Londres de clase media no tiene que preguntarse de dónde viene y a dónde pertenece… 

— Eso es cierto, y ese es exactamente el problema. No solo no tienen que pensar en eso, sino que no quieren pensar en eso. Para ellos es más fácil rechazar a Inglaterra, pero eso es una posición muy privilegiada porque tú sabes tus orígenes. 

Cuando tu familia viene de otro país y no conoces el inglés, no comes los alimentos británicos, no cantas las canciones británicas, no conoces nada de esto, entonces te sientes fuera de lugar en tu propio país. Y si tu colegio no te ayuda a encontrar tu lugar en el país, entonces estarás para siempre en desventaja. 

Unos detractores ideologizados 

— ¿Por qué el colegio suscita una oposición tan fuerte, si los resultados son buenos y la demanda crece? 

— El movimiento de las “escuelas libres” trajo más variedad al sistema educativo, pero a los sindicatos de profesores no les gustó: querían que el sistema fuera un único bloque porque eso les da más poder a ellos. 

Tampoco les gustan las cosas que les enseñamos a los niños porque no nos regodeamos en el concepto de víctima, no culpamos al gobierno y a los ricos de nuestros problemas. En lugar de eso, hacemos lo necesario para equiparnos con las habilidades y conocimientos que necesitamos para lograr el éxito en nuestra vida. Hay muchas personas que se oponen a esa visión por motivos ideológicos.

— ¿Por qué este rechazo explícito a la noción de víctima, cuando muchos de los alumnos del colegio podrían calificarse como tales? 

— Porque ¿cómo vas a vivir tu vida entonces? ¿Vas a mendigarle al gobierno para siempre? ¿Vas siempre a decir: nací negra, o mi padre no estaba ahí, o vivo en una zona de vivienda social, o  nací pobre, así que no, no pude hacer nada de mi vida? Y a los 90 años, te sientas en tu cama y dirás: qué pena, tuve una vida terrible, pero no podía hacer nada.

El hecho es que la vida te deja con un cierto número de cartas. Y algunas personas tendrán una mejor mano que tú, eso es verdad. Pero tienes que jugarlas. Eso es la vida. 

Como profesores, nuestro deber es enseñar a los niños a lidiar con las adversidades de la vida y a construir la resiliencia necesaria para poder saltar sobre los obstáculos que inevitablemente aparecerán. 

— Y, diez años después, ¿qué dicen los críticos? 

— Seguimos teniendo muchos detractores. Insisten, a pesar de no haber estado nunca en la escuela, en decir que los niños son infelices, y que todo lo que estamos haciendo es prepararles para aprobar exámenes. Y eso es porque están ideologizados y no quieren escuchar lo que funciona. No les interesa porque no les gusta mi conservadurismo. 

Un éxito difícilmente discutible 

Lo cierto es que los resultados académicos hablan por sí solos y una escuela de un barrio marginal de Londres se ha colado entre las mejores del país. Pero, ¿qué es realmente el éxito para Katharine Birbalsingh? 

— ¿Cuál cree que ha sido el mayor impacto de su manera de hacer las cosas? 

— No creo que solo sean los niños que se han beneficiado aquí. Son los miles y miles de personas por el mundo de los que nunca sabré. Gente que me agradece estar diciendo estas cosas, estar contando la verdad de la educación. Miles de profesores por el mundo con los que nunca me encontraré y todos sus alumnos a los que nunca conoceré. 

— ¿Qué es un alumno de éxito para Michaela? 

— Algunos de nuestros alumnos se convertirán en revolucionarios y algunos de nuestros alumnos se convertirán en dentistas. Y eso está bien porque todos tienen personalidades diferentes e intereses diferentes. Y nosotros les damos lo que necesitan para poder salir de la escuela y ser personas de éxito y cuando digo éxito no quiero decir que ganen mucho dinero, sino que vivan sus vidas con dignidad. 

Quiero que los niños estén equipados con los valores que les permitan vivir vidas con significado, que puedan perseguir sus pasiones y usar los dones que les han sido dados para contribuir a la sociedad y hacerla mejor. Que puedan formar sus propias familias y encontrar su propósito en la vida.

… Y los hombres se han vuelto cobardes

Me es un placer publicitar estos artículos de Elena García, compañera de fatigas de la Asociación MasFuturo. Espero que os gusten. Elijo este como ejemplo:

Así, poco a poco ha ido avanzando la desigualdad ante la ley o “discriminación positiva”, que se dice en la jerga actual, supuestamente para proteger a la mujer, ante la pasividad o la sonrisa condescendiente de los hombres en ciertas cuestiones.

Los hombres pues, se dividen hoy en dos grupos, los que hacen coro a las feministas radicales -sí, esas que obtienen pingües beneficios de las arcas publicas por, supuestamente, constituirse en defensoras de la mujer-, o los que callan porque no quieren enfrentamientos y quizá ver peligrar su posición en el trabajo. Es el caso de hombres que se encuentran en posiciones directivas o intelectuales. Tienen miedo a significarse y que les puedan adjudicar el calificativo de “machista”. Claro, vivimos en una sociedad donde se tiene miedo a todo tipo de apelativos que previamente han sido demonizados, como “machista”, “racista”, “homófobo”, “xenófobo”, “fascista”, etc., y todavía más a que te declaren como “odiador de…” y te adjudiquen un delito. El “crimen mental” de la película Minority Report ya ha llegado.

“Universo mujer”. Es el anuncio de una casa de productos de alimentación, también lo he visto en otras compañías comerciales. Me quedo perpleja. Tengo tres nietos y ahora resulta que no tienen universo, no sabemos por dónde andarán o cómo han sido relegados. Naturalmente empiezo a preocuparme. La primera pregunta que me hago es ¿por qué tiene una compañía comercial que promover ideología feminista radical -digo radical porque en España y Europa hace mucho que se estableció la igualdad ante ley para todos- en vez de limitarse a lo estrictamente comercial? Una de dos, o creen que la mayoría pensamos así y quieren halagarnos, o intentan hacerse eco de la ideología feminista radical pensando que es bueno estar a bien con los poderes que la difunden y apoyan. La mayoría silenciosa no dice nada, se limita a encogerse de hombres.  Y poco a poco las ideas van calando y haciendo que se considere normal lo que realmente no lo es.  

Las mujeres se han vuelto osadas, sí. Y los hombres se han vuelto cobardes. Con las consecuencias negativas que ambas actitudes conllevan. Hay que conseguir la cuota del 50%, cuando menos, de puestos que se suponen pueden interesar a las mujeres:

  • en las listas electorales, en los gobiernos, etc.
  • en reserva de plazas o cuotas políticas, en oposiciones de cuerpos en que la mujer esta infrarrepresentada (Ley Orgánica 3/2022).
  • en ciertos trabajos, no en todos,

O, también, presunción de inocencia para la mujer, pero no para el hombre, en conflictos o malos tratos entre parejas.

Se ha puesto de moda lo que se llama “discriminación positiva” respecto a muchos grupos, de mujeres, étnicos, etc. Los hombres, callados. Pensarán “ah, eso no va conmigo”; como respecto a muchas otras cosas que nos meten por los ojos hoy día. Eso no va conmigo hasta que llega el día que sí va, y si no va contigo puede ir con tus hijos o con tus nietos. Pero es la comodidad actual o la aversión al riesgo, la cobardía.

Y la batalla de las feministas radicales está en conseguir la famosa paridad siempre que se trate de trabajos deseables, no en aquellos otros que puedan resultar duros y con baja remuneración.

Un experto en las Leyes de Indias: «Isabel la Católica está a la altura de Martin Luther King»

Por su interés publicamos este artículo de Alfredo Valenzuela (EFE):

Según el investigador Henche, «es absolutamente falso la idea de que las Leyes de Indias no se aplican»

El abogado, investigador y autor de ‘Las Leyes de Indias’, Julio Henche

«Isabel la Católica debería tener la misma consideración que tienen (Martin) Luther King o Kennedy», por su defensa de los indios, según Julio Henche, autor de Las Leyes de Indias (Gadir), un estudio de las 6.300 normas que en tres siglos promulgó España, muchas en defensa de los indios y claros precedentes de los Derechos Humanos.

«Desde el primer momento, españoles y españolas se pudieron casar con indias y con indios, de ahí que surgiera un mestizaje que nunca ha habido en Argelia ni en Pakistán ni en Indonesia, donde franceses e ingleses no permitieron un matrimonio que en Sudáfrica no fue legal hasta 1985 y en 16 estados de Estados Unidos no se permitió hasta 1967», ha puesto como ejemplo Henche de la eficacia de las denominadas Leyes de Indias.

Sobre que la huella de España en América siga suscitando polémicas como la reciente de México por no invitar a Felipe VI a la investidura de la nueva presidenta, Claudia Sheinbaum, Henche ha contestado lacónico: «Los problemas de México vienen de hace cincuenta o cien años, no quinientos; y la mayoría se deben a sus vecinos del norte, de los que no dicen nada».

Cinco años ha dedicado Henche, abogado en ejercicio e investigador, al estudio de fondos documentales como los del Archivo de Indias de Sevilla para concluir que «es absolutamente falso la idea de que las Leyes de Indias no se aplicaban: se aplican tanto o más que se aplican ahora las leyes actuales. Ahora también existe explotación laboral, trata de blancas y narcotráfico porque, aunque haya leyes, el delito no se para nunca».

Inspecciones de trabajo y de condiciones de vida

Isabel la Católica trajo encadenado a Colón por maltratar a los indios y Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco de Pizarro, fue ejecutado por incumplir las leyes de Indias, con las que se juzgaron a varios virreyes de Colombia y a Hernán Cortés, entre muchos otros, según ha enumerado Henche para recordar la figura del Visitador de Indias.

El Visitador de Indias «es una figura que solo existió allí y, por encargo directo del rey, se encargaba de supervisar el trato que se le daba a los indios, el 99 por ciento de los cuales siguió viviendo igual tras la expansión», dice Henche, que rehúye el término «conquista» por inexacto al considerar que hubo mucho más que actividad militar.

El Visitador de Indias inspeccionaba las denominadas encomiendas, explotaciones agrícolas, mineras o de pesquería, en muchas de las cuales se trabajaba con jornadas laborales de ocho horas, como establecían las Leyes de Burgos (1512), promulgadas bajo Fernando el Católico.

En la cubierta de esta edición de «Las Leyes de Indias» se incluye una de Felipe II de 1593 que dice: «Todos los obreros trabajarán ocho horas al día, cuatro a la mañana y cuatro a la tarde, (…) Repartidas a los tiempos más convenientes para librarse del rigor del sol, más o menos lo que a los ingenieros pareciere, de forma que no faltando un punto de lo posible, también se atienda a procurar su salud y conservación».

Trabajar ocho horas al día

Henche ha insistido en que las ocho horas como jornada laboral ya estaban previstas en las anteriores Leyes de Burgos, que se consideran un precedente de los Derechos Humanos y que para el autor, desde el punto de vista jurídico, suponen «el inicio de la Edad Moderna porque ya se legisla no pensando en el propio reino sino con amplitud de miras».

A partir de esas leyes, que incluyen los derechos al salario, al descanso y, entre otros, a la vivienda, se inicia el debate sobre si todas las personas al nacer son ya poseedoras de derechos.

Henche ha lamentado que mientras se dedican incontables estudios a Constituciones que no entraron en vigor o lo hicieron unos pocos años, apenas se estudien las Leyes de Indias que estuvieron vigentes tres siglos como un ordenamiento «eficaz y efectivo»: «En el Archivo de Indias hay millones de documentos que no salen a la luz porque las universidades no los estudian, mientras calan en la cultura popular mitos que nada tienen que ver con la historia».

Los “buenos” confundidos

Por razones que no son del caso, estos días he tenido ocasión de contactar con algunas instituciones e iniciativas dentro de la Iglesia católica, como la catequesis parroquial, Hogares de Santa María, la Institución Teresina, la Asociación más Futuro (masfuturo.live) de apoyo a las madres en peligro de abortar, además del Opus Dei al que pertenezco. Está claro que es un botón de muestra, pues mi alcance es muy limitado, pero en todas ellas veo la alegría de servir a Dios y a los demás, cada una con su forma de obrar, y todas con la idea de hacer su trabajo sin celotipias, sin importar quien es mejor o peor, pues todos tenemos nuestros defectos y virtudes.

Entiendo que haya personas, a mala idea, que critiquen estas iniciativas y les fastidie, pues su intención no es la de servir precisamente. Pero que haya “buenas” personas que las critiquen igualmente alimentando la confusión que siembran estos primeros, esto ya me es más difícil de entender. Es el caso, por ejemplo, de aquéllos que ven algo oscuro en instituciones, sólo porque se habla mal de ellas. Deberíamos fijarnos más en los frutos de las distintas asociaciones, y no tanto en las críticas, al menos yendo a las fuentes para contrastar.

Así, en el libro Opus, de Gareth Gore, publicado por Editorial Crítica en octubre de 2024 se presenta una imagen falsa del Opus Dei basada en hechos distorsionados y medias verdades como se muestra en el artículo Sobre el libro Opus de Gareth Gore, publicado por Editorial Crítica en octubre de 2024 – Opus Dei. Aconsejo leer este artículo para, al menos, tener distintos puntos de vista.

Y, ¿Cuáles son los frutos del Opus Dei?, podríamos preguntarnos. Creo que son muchos miles de hombres y mujeres -¡familias!- que tratan de ser buenos ciudadanos, que trabajan y ayudan a sus amigos sin hacerse notar, que organizan y promueven obras asistenciales, colegios con buena formación…, siendo responsables los que los promueven, no el Opus Dei como tal, cuya misión es la formación en libertad de sus miembros según su carisma.

A este respecto, si se me permite la comparación de la estructura de la Iglesia con la de un estado moderno, cosa temeraria pero bueno, pienso que las parroquias son como los ayuntamientos, pieza fundamental y casa común de todos los cristianos; después y a la vez estarían otras instituciones de la Iglesia, cada una con su misión particular y todas cooperando al mismo fin, del mismo modo que en el Estado hay asociaciones, ONGs, partidos de diverso tipo, etc. No hablo aquí de las familias, que en ambos ámbitos es la célula básica de la sociedad.

Telediarios aburridos

Otra vez sin escribir un blog desde hace tiempo, vamos a intentarlo con los medios de comunicación, por si alguien se aburre…

Pues sí, no estoy de acuerdo con lo que nos hacen creer los medios habituales de comunicación: nos marean con lo que es políticamente correcto, y no hay prácticamente ningún presentador de un telediario en las cadenas de renombre que tenga la cara de decir lo que realmente piensa, sólo lo que les dicen que digan, no vaya a ser que se me vea el plumero…

Si se trata de las guerras -hay muchas- se nos ofrece la noticia escueta, sin entrevistas a personas con criterio – sean de un partido o de otro. Echamos en falta las opiniones de expertos en historia, diplomáticos, economistas, militares…

Si se trata de política, pocos se paran a descubrir las mentiras de unos y otros: a lo sumo atacando siempre a un partido en concreto y no a los oponentes, dependiendo claro de la tendencia del canal.

Si se trata del parlamento, por supuesto que lo correcto es la legislación en consonancia con la ideología woke: todo ser humano tiene derecho a hacer lo que quiera con su cuerpo, incluso con el niño que lleva dentro, elección libre de sexo, morir cunado uno quiera, …, pero fumar no, ¡mucho cuidado! Eso sí, con los deportes, el tiempo, los sucesos, todo lo que haga falta para adormecer el personal y tenerle bien cogido con infinidad de anuncios.

Habría que publicitar más a las asociaciones culturales, las instituciones educativas (¡qué problema el de la educación de los jóvenes, que es el futuro de la sociedad!), las empresas, y dar espacio en las TV a todos los partidos políticos, entiendo que por igual, con independencia del numero de diputados, para que tengan igualdad de oportunidades en las próximas elecciones, y así se manifieste mejor los errores y aciertos de cada grupo.

Precisamente, hablando de igualdad de oportunidades, me horroriza la intención de nuestro Presidente de limitar la libertad de expresión (lo llama abuso de noticias falsas, de basura o algo similar) en defensa de las instituciones: creo que confunde las instituciones con su partido, pero bueno.

J.D. Vance: La hora de “los de abajo”

Por su interés, reproducimos este artículo de Luis Luque en Aceprensa:

¿Sabe Ud. quién es J.D. Vance? La prensa está hablando de él con cada vez mayor frecuencia desde el 15 de julio, pero si todavía no ha escuchado nada, no se preocupe: la CNN preguntó en junio a los estadounidenses –este señor es de allí– y apenas el 56% lo conocía. Lo interesante es que, si los astros siguen alineándose como lo vienen haciendo en estos días para el Partido Republicano, el nombre será trendig topic hasta 2028 y más allá.

Vance, senador por Ohio, ha sido elegido por Donald Trump como compañero de fórmula de cara a los comicios de noviembre próximo. Será su candidato a la vicepresidencia, pese a que, de partida, no tenía demasiadas papeletas ganadoras. Para empezar, haber escrito en 2016 que Trump era el “Hitler de EE.UU.”, el “opioide de las masas” –evocación de aquel opio del pueblo, de Marx– y un político incapaz de solventar la crisis social y cultural de la nación al término de ocho años de administración demócrata, le hubiera hecho desaparecer de la lista de aspirantes de cualquier otro presidenciable.

Claro que Trump no es “cualquier otro” y no juega con las cartas esperables. Ha escogido a Vance –previo mea culpa de este por los comentarios del pasado– pese a la presión contraria de grandes empresarios y donantes republicanos, como Rupert Murdoch (presidente emérito de Fox Co.) y Ken Griffin (dueño mayoritario del fondo de inversión Citadel). Algunas voces le sugerían que escogiera al senador Marco Rubio, pero al expresidente le había desagradado la deslealtad del cubanoamericano hacia su propio mentor, Jeb Bush, exgobernador de Florida, en la campaña de 2016. Sí hizo caso, en cambio, a las voces favorables a Vance, como Peter Thiel (fundador de PayPal) y Elon Musk (Space X, Tesla, X), quien dijo de ambos que harían una “hermosa” pareja.

El senador de Ohio fue un temprano apoyo para Trump cuando este anunció en 2022 que se postularía a la candidatura republicana a la Casa Blanca. El expresidente también le había dado su respaldo a Vance en febrero de 2021, cuando el joven político lo visitó en Mar-a-Lago para disculparse por haber creído “las mentiras de la prensa” y para pedirle que le permitiera hacer campaña para obtener la nominación republicana y luchar por uno de los dos puestos de ese estado en el Senado de EE.UU., en las elecciones parciales de noviembre de 2022.

El escaño lo ganó, y la relación no hizo sino mejorar con el tiempo y cristalizar finalmente en la actual candidatura y en elogios públicos al escogido. “Parece un joven Abraham Lincoln”, ha dicho Trump de él, y eso, a unos votantes tan entregados a su líder que han llegado incluso a vendarse una oreja para imitarlo, les vale como certificado de calidad del potencial vice.

Menos intervencionista que Trump

¿A qué aspira Trump con la elección de Vance? Por supuesto, no a una carrera personal (la suya) de largo recorrido. Tanto por edad como porque, de ganar en noviembre, el exmandatario no podría estar en la Casa Blanca más que un solo período de cuatro años, muchos apuntan a que el interés trasciende la mera victoria.

Primeramente, sí: Vance puede ser un activo para atraer el voto en antiguas zonas industriales que han salido perdiendo con la globalización y con los consecuentes traslados de las fábricas a países que resultan más competitivos por los menores costos de su mano de obra. La leyenda urbana de que Trump tiene férreamente asegurado el voto de los hombres blancos, heteros y blue collar demostró ser exactamente eso en 2020, una leyenda, cuando perdió seguidores en ese segmento poblacional en estados del “Cinturón del Óxido” como Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. Vance, uno de “los de abajo”, de esos “despreciables” sobre los que escribió en Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis (Harper Collins, 2016) –Hillbilly Elegy: Memorias de una familia y de una cultura en crisis–, puede animarlos con más autoridad a volver a aquel en quien confiaron en 2016.

Que Vance haya servido en el ejército durante la guerra de Irak puede, de alguna manera, ayudar a entender su aversión “por los enredos innecesarios en el extranjero”

Pero la cosa también va de legado; de reconfigurar el conservadurismo estadounidense y a la sociedad de modo duradero. En política exterior, por ejemplo, Trump ha estado dejando una impronta tal en el Partido Republicano que si Ronald Reagan levantara la cabeza pediría inmediatamente un orfidal y un vaso de agua. El Grand Old Party, cuyos líderes ordenaron en su momento bombardear los palacios de Gadafi y de Sadam, derrocar a un dictador panameño, llenar Europa occidental de misiles crucero, apoyar a las fuerzas antisoviéticas dondequiera que Moscú asomara la nariz, etc., etc., rebajó durante la era Trump la autoimpuesta misión de EE.UU. como “policía del mundo” y “nación imprescindible”, para centrarse en metas domésticas, como poner coto a la inmigración ilegal, incentivar la vuelta a casa de las empresas externalizadas y combatir la competencia comercial china (y europea) a golpe de altos aranceles, entre otras.

Por su biografía, por haber crecido en zonas otrora prósperas y hoy relegadas por esa excesiva proyección exterior del capital y de la política, Vance simpatiza, respecto a los países aliados, con la idea de Trump de que cada palo debe aguantar su vela. En abril, pese a que el enemigo principal de Washington en este momento –la Rusia de Putin– está desgarrando un país vecino desde 2022 y amenazando a la Alianza Atlántica, ni Vance ni otros en su partido vieron motivo para aprobar un multimillonario paquete de ayuda militar a Ucrania (ni, por otras causas, a Israel). Finalmente salió adelante por 79 a 18, pero de los republicanos, 30 votaron Sí y 15 lo rechazaron, incluido el hoy candidato a vice.

Que nuestro hombre haya paladeado la guerra in situ (estuvo destacado en Irak) puede, de alguna manera, ayudar a entender su decisión. Como explica Owen Tucker-Smith en el Wall Street Journal, “Vance se unió a la Infantería de Marina después de la escuela secundaria, y ha dicho que la experiencia le hizo sentir aversión por los enredos innecesarios en el extranjero”. A tal extremo ha llegado en su oposición que, según el analista, “Trump no ha sido tan agresivo en el tema como Vance”.

Para el joven político, el intervencionismo republicano de antaño no tiene nada que decirles a los norteamericanos de hoy: “Creo que Reagan fue un gran presidente. Reagan también fue presidente hace 40 años, hace 45 años, en un país muy diferente”. Si alguien cree que, de ganar Trump, esa postura aislacionista terminará en cuanto se marche en 2029, su hipotético relevo puede terminar más bien reforzándola.

Un Estado en pro del bien común

Pero hay algo más en lo que puede incidir Vance ahora que asciende en el Partido Republicano, y es en la relación del poder político con las élites y con las bases populares. Es en el acortamiento de la distancia entre la gente de a pie y el establishment conservador de Washington, para el que el libre mercado y el “cuanto menos Estado, mejor” han sido tradicionalmente tótems intocables, con independencia de que millones de personas puedan quedar tiradas al borde del camino.

Vance ha abrazado un nuevo tipo de conservadurismo, uno de etiqueta “posliberal”, que entiende que el haz-lo-que-quieras del liberalismo a ultranza ha sembrado paradójicamente las semillas de la destrucción del propio régimen democrático liberal.

Entre los teóricos a quienes admira y sigue está Patrick Deneen, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Notre Dame y autor del libro Por qué fracasó el liberalismo (2018). El pensador perfila los problemas que causa esa progresiva emancipación del individuo respecto de todo límite y moderación, esa libertad entendida al modo en que lo hace el liberalismo, que pasa por sustituir la visión del ser humano como criatura relacional por la de un individuo libre de vínculos, que persigue, más que la autorrealización a través de la virtud, el objetivo supremo de satisfacer sus propios deseos. Para ello, para lograr más y más autonomía, el individuo tiene que romper con las costumbres, tradiciones y relaciones que perviven en las familias, las Iglesias, el barrio, la comunidad…

El desarrollo de un espectro de libertades cada vez más ensanchado y, al mismo tiempo, uno más estrecho en cuanto a normas y límites es, según esta visión, incompatible con el orden y, en lo económico, un imposible, pues un mundo materialmente limitado “no puede proporcionar continuamente un crecimiento material infinito”. Para Deneen, “se necesita un paradigma diferente, uno que conecte íntimamente el cultivo de la autolimitación y el autogobierno entre las asociaciones y comunidades constitutivas con una ética general de ahorro, frugalidad, trabajo duro, administración y cuidado”.

Vance, que se identifica a sí mismo como miembro de la derecha posliberal, ha tomado nota de esta perspectiva y ha reconocido la enorme influencia intelectual que le ha supuesto el pensamiento de Deneen, por eso no le hace ascos a la palabra regulación si entiende que una medida, provenga del ala del hemiciclo que provenga, puede favorecer a aquellos que no pertenecen a las élites económicas (a fin de cuentas, ¡él mismo ha sido de ellos!) y promover un ética del cuidado.

Es así que en 2023 impulsó, con la senadora demócrata Elizabeth Warren (de la izquierda más identitaria y woke posible), una iniciativa para recuperar las compensaciones de los ejecutivos de los bancos en quiebra. También ha propuesto elevar el salario mínimo a 20 dólares la hora y ha elogiado incluso el desempeño de la presidenta de la Comisión Federal de Comercio, Lina Khan (demócrata), en la aplicación de leyes antimonopolio para poner coto a las Big Tech

Sí: Vance es republicano, pero que el Estado pueda mover ficha en pro del bien común –y que las tropas se queden tranquilitas en casa– no le hace echar espumarajos por la boca. Con 39 años, le sobra tiempo para hacérselo creer al partido.

Más allá del tema del aborto, más allá…El candidato republicano a la vicepresidencia es, además, un hombre creyente, que se bautizó como católico en 2019. Según confesó Vance al escritor Rob Dreher en The American Conservative, fue su acercamiento a la obra de san Agustín lo que le ayudó a cambiar el chip: si antes creía que “había que ser estúpido” para ser cristiano, el santo de Hipona le demostró “de una manera conmovedora, que eso no es verdad”.Respecto a su fe, dice esperar que esta lo haga más compasivo y empático. En tal sentido, dice guiarse por las enseñanzas de la doctrina social católica y apunta: “El Partido Republicano ha sido durante demasiado tiempo una alianza entre conservadores sociales y libertarios de mercado, y no creo que los conservadores sociales se hayan beneficiado demasiado de esa alianza. Parte del desafío del conservadurismo social para su viabilidad en el siglo XXI es que no puede limitarse a cuestiones como el aborto, sino que tiene que tener una visión más amplia de la economía política y el bien común”.Sobre el punto del aborto cabe decir, no obstante, que el político ha modificado su postura original a favor de una prohibición a nivel nacional por otra, más en sintonía con Trump, que aboga por dejar el asunto en manos de los estados. Igualmente, preguntado sobre el acceso a la mifepristona –una de las dos píldoras que, junto con el misoprostol, intervienen en el aborto químico– dijo recientemente que apoyaba el acceso a esta, una postura que, según señalan líderes de opinión de medios católicos estadounidenses, no encaja claramente con la fe que profesa. L.L.

Las Olimpiadas manipuladas, “on en est marre”

Sí, estamos hartos de tanta manipulación de los espectáculos por los que quieren controlar la opinión de la gente de a pie: Se utiliza el poder de las grandes organizaciones, bien apoyados por los medios de comunicación, para dar por sentado que “ésta” (la ideología Woke, los derechos LGBT, …) es la forma correcta de pensar. Son campañas que mueven mucho dinero, y proporcionan a veces grandes beneficios a las TV y productoras, que nos aburren con la publicidad.

Estas ideologías se basan en la bondad de parte de sus principios (justicia social, antirracismo, igualdad de derechos de mujeres y hombres, …), no porque estos principios sean buenos en sí, sino porque si no piensas así no eres bueno ni democrático. Así las cosas, todo correcto, de acuerdo. Pero sigamos. Acabo de ver in internet un posible significado de ser woke:

“.., being woke is about empathy, awareness, and working toward a fairer society”,

Magnifico. Y, ¿qué pasa si digo que elegir el sexo no está en nuestra naturaleza, o que el aborto voluntario supone quitar la vida a un ser indefenso? La respuesta no se haría esperar, eres un facha que vas en contra de los derechos de las personas…

¿Qué ha pasado? Pues que a base de repetirnos los media estos insultos, se acaba pensando que estos otros supuestos derechos forman parte del buen obrar (la ideología woke, por supuesto), y si no piensas así no eres buena persona. Esta es la manipulación: si no aceptas también estos otros principios, no eres democrático, ni tienes ningún derecho a formar parte de la sociedad, como se pretende con los partidos políticos que discrepan de esta ideología dominante.

Afortunadamente pienso que en el caso de las ceremonias que hemos visto en la inauguración de los Juegos Olímpicos de París, muchas personas han visto la zafiedad de algunas escenas, cuyo mal gusto queda patente hasta para sus propios organizadores.

No, el desprecio y la burla a las religiones no forma parte de los derechos de las personas, por mucho que nos digan que no es burla, sino arte, inclusismo y libertad de pensamiento.

Sobre la justicia social

Transcribo este artículo de Fernando del Pino Calvo-Sotelo que personalmente me ha parecido de interés:

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La artificial controversia generada por la sobrerreacción del gobierno a unas palabras del presidente de Argentina ha opacado su mensaje de firme defensa de la libertad y desacomplejada crítica del socialismo, un soplo de aire fresco y un verdadero shock para nuestra inculta clase política.

Uno de los debates suscitados por el argentino ha girado alrededor de sus críticas a la justicia social. Algunos se han escandalizado, pero antes de criticarle o aplaudirle convendría definir qué es la justicia social, y aquí nos topamos con un serio obstáculo. En efecto, aunque el concepto clásico de justicia quedó definido por Ulpiano (y luego por Santo Tomás de Aquino) como «dar a cada uno lo que le corresponde», la justicia «social» nunca ha sido claramente definida, como censuraba Hayek. Por este motivo, sólo podemos analizarla por aproximación.

La justicia social como igualitarismo

La justicia social está muy relacionada con el igualitarismo, una ideología muy reciente. En efecto, la sociedad actual, dominada por la propaganda y la adulación de las masas consustanciales al sufragio universal, ha olvidado que la igualdad del hombre se circunscribe a su inalienable dignidad como ser humano y a la deseable igualdad de todos ante la ley. Toda igualdad que trascienda estos dos conceptos suele ir contra el orden natural de las cosas y ser injusta: prueba de ello es que debe ser impuesta por la fuerza.

En efecto, Dios no repartió sus talentos por igual, ni los atributos físicos, ni la salud, ni la inteligencia, ni la virtud, y los resultados diferentes que proceden de talentos diferentes sólo pueden ser calificados de justos. Es justo que el estudiante que dedique muchas horas al estudio saque mejor nota que uno que no lo hace, o que el estudiante inteligente y con mayor capacidad de concentración necesite menos horas que el que es menos dotado o adolece de atención dispersa. También resulta justo que el adulto trabajador y frugal obtenga unos resultados mejores que el zángano derrochador, o que el que arriesga su patrimonio para montar un negocio obtenga más recompensas económicas que el empleado, el directivo o el funcionario que valora la seguridad en el empleo y una jornada laboral corta.

También es justo que el Real Madrid haya ganado 14 (o 15) Copas de Europa y Novak Djokovic 24 Grand Slam, pero en el deporte, misteriosamente, nadie cuestiona la justicia del palmarés ni propone redistribuir los trofeos a otros equipos o jugadores, aunque la distribución de trofeos sea tan asimétrica como la de la riqueza (ley de Pareto).

Siendo un signo de los tiempos tener que explicar lo obvio, reitero que las diferencias en capacidades físicas, intelectuales o morales, y las diferentes circunstancias de cada uno, pertenecen al orden natural de las cosas. Pero es que, además, dichas diferencias son enriquecedoras, pues alientan a las personas «a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación»[1], es decir, al servicio a los demás.

Naturalmente, en ciertas ocasiones la diferencia de resultados proviene de condiciones apriorísticas contrarias a la justicia, como veremos más adelante.

La justicia social como redistribución de la riqueza

Una concreción del igualitarismo es la corrección de la desigualdad económica mediante la redistribución de la riqueza, que se equipara a la justicia social e incluso a la justicia distributiva. Aquí tropezamos con varios escollos. Primero, tachar de injusta la desigualdad económica es algo que dista mucho de ser evidente[2]. Segundo, redistribuir la riqueza significa la redistribución coercitiva de la riqueza por parte del Estado, lo que implica una vulneración de la libertad y de la propiedad privada mediante el uso de la violencia, o sea, lo que antaño se denominaba robo.

Resulta patente que en las democracias actuales la redistribución de la riqueza tiene poco que ver con una actitud benéfica o virtuosa del Estado y mucho con la compra de votos por parte de los políticos, que empujan a las masas a la codicia de los bienes ajenos y a la envidia «de la que tan hábilmente abusan los agitadores de la lucha social»[3]. En este sentido, conviene constatar que el Estado de Bienestar no se ocupa primordialmente de los pobres o indigentes, una minoría cuyos votos cuentan poco, sino de la población en su conjunto, cuyos votos sí cuentan.

Por último, la redistribución coercitiva por parte del Estado ―bajo un disfraz altruista que oculta un espurio afán de poder― vulnera también los esenciales principios de solidaridad y de subsidiariedad, pilares básicos de un orden social justo y bueno.

El principio de solidaridad

El principio de solidaridad hace referencia al vínculo que nos une a los demás. El hombre no puede aislarse y encerrarse en sí mismo, pues ha nacido para la unión y la ayuda mutua. Nadie es una isla en medio del océano: todos caminamos juntos por la incierta travesía de la vida, necesitándonos mutuamente.

Esta dependencia mutua permite desarrollar la virtud de la caridad y de la generosidad y tiene la maravillosa característica de ser bidireccional, pues beneficia tanto al ayudado como al que ayuda (en palabras de Cristo, «hay más dicha en dar que en recibir»[4]). Sin embargo, por su propia naturaleza, la solidaridad está unida al don de la libertad. De este modo, cuando a través de unos impuestos que no son precisamente voluntarios el Estado suplanta al individuo y lo sustituye por una masa burocrática que no actúa bajo el impulso de la virtud sino como parte de un engranaje ciego e impersonal, la solidaridad queda destruida.

La acción redistributiva del Estado también produce un efecto de expulsión o de crowding out de la acción caritativa del individuo, pues quien ha pagado un 65% de su renta en todo tipo de impuestos directos e indirectos (porcentaje medio que paga el trabajador español cada año[5]) sentirá que ya ha ayudado suficiente a los demás.

El principio de subsidiariedad

La redistribución coercitiva de la riqueza por parte del Estado también vulnera el «gravísimo, inamovible e inmutable» principio de subsidiariedad[6], que establece que «una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias». De ello se colige que no es legítimo que el Estado absorba y suplante al individuo o a la comunidad en aquellas actividades que éstos pueden llevar a cabo con su propio esfuerzo e industria.

Sin duda, toda sociedad civilizada tiene el deber de proteger a sus miembros más débiles (empezando por el nasciturus), pero el Estado no debe hacerlo con carácter universal (a todos los ciudadanos, lo necesiten o no), sino sólo a los más necesitados, y sólo con carácter suplente o subsidiario. Este matiz es crucial. Así, la actuación del Estado como ente protector debería reducirse a un papel limitado enfocado a aquellos a los que el individuo, la familia, la comunidad o la sociedad civil no alcancen a proteger con sus actos de solidaridad voluntaria.

Incluso cuando el Estado dota de una pensión a un individuo que podía haber ahorrado, vacía de contenido la virtud de la frugalidad, pero también de la generosidad y de la justicia, al obstaculizar que los hijos cuiden de sus padres mayores con reciprocidad: «Pan por pan, protección por protección, cuidado por cuidado, sacrificio por sacrificio»[7].

Desgraciadamente, la coartada de los servicios públicos ha permitido un crecimiento desorbitado y sin precedentes del tamaño del Estado. No debemos olvidar que lo que tomamos por normal dista mucho de serlo. En efecto, «la evidencia histórica indica que, desde la Antigüedad clásica hasta el siglo XX, la tributación directa regular en el mundo occidental (a diferencia de una emergencia) se consideraba ilegal excepto para los pueblos sometidos, hasta el extremo de que en la antigua Atenas los impuestos eran considerados un rasgo típico de la tiranía»[8].

Solidaridad y subsidiariedad están interrelacionadas. La subsidiaridad sin solidaridad corre el peligro de alimentar formas de individualismo egoísta que empobrecen a todos, comenzado por el propio sujeto, mientras que la solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar fácilmente en ese asistencialismo tan dañino del Estado de Bienestar[9], generador de dependencias y servidumbres (que son su verdadero objetivo). Así, «al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por lógicas burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos»[10]. Sin duda, la concentración de funciones y tareas en el Estado «es la gran tara de nuestro tiempo»[11].

Finalmente, dar por sentado que la distribución espontánea de la renta es, por defecto, un error, un mal y una injusticia que el Estado debe corregir, contiene un mensaje subliminal enormemente destructivo, esto es, que todo aquello que no nos satisface, todo deseo insatisfecho, es un derecho conculcado, una injusticia de la que otros son culpables. Culpar automáticamente de nuestros males a otros es una cómoda tentación que nos aleja de la verdad, y pretender que tenemos derechos que pasan por violar los de los demás nos conduce a la barbarie.

La justicia social como bien común

Ni el igualitarismo ni la redistribución coercitiva de la riqueza por parte del Estado parecen responder a la definición clásica de justicia. Sin embargo, existe una equivalencia que, con todas sus limitaciones ―pues cae también en la indefinición del concepto― propone relacionar la justicia social con el bien común, y ésta merece una opinión mucho más positiva.

El bien común no significa comunidad de bienes ni colectivismo, como equivocadamente se cree, sino el «conjunto de condiciones sociales que permiten a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección»[12]. Cada ser humano es «una obra a realizar»[13], «una lámpara creada por Dios para brillar y dar luz al mundo»[14], y las condiciones ambientales idóneas que le facilitan esa tarea de construcción de sí mismo se denominan bien común. En otras palabras, el bien común es el conjunto de principios, valores, instituciones, normas y estructuras que facilitan que cada individuo pueda realizarse plenamente y hacer florecer sus talentos, que no sólo le beneficiarán a él, sino también a los demás. Naturalmente, esto sólo podrá ocurrir si el individuo así lo elige libremente, es decir, si decide aceptar su papel en la Historia, minúsculo o enorme, pero siempre —y aquí reside la belleza de la individualidad— único e irrepetible.

Forma parte del bien común, en primer lugar, el respeto de los derechos y de la dignidad del ser humano partiendo del respeto a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. No olvidemos que los derechos del ser humano son previos y están por encima de la existencia de cualquier Estado.

También es bien común la preservación de la paz, entendida no sólo como ausencia de guerra, sino como concordia entre los ciudadanos desde el respeto a las diferencias.

También forma parte del bien común la libertad en su sentido más amplio: libertad religiosa, libertad de opinión y de expresión, y libertad de mercado, puesto que el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades materiales de la sociedad[15]. En este sentido, como afirma el sacerdote y filósofo Martin Rhonheimer, un referente en ética económica, «la evidencia histórica es clara: durante los dos últimos siglos, la economía de libre mercado y la libertad de comercio han mejorado continuamente las condiciones de vida de todos los niveles sociales, siempre y en todas partes. Por el contrario, todo tipo de intervencionismo estatal, todo tipo de planificación económica y todo tipo de socialismo han deteriorado las condiciones de vida y el bienestar de todos los niveles sociales, siempre y en todas partes»[16].

Asimismo, forma parte del bien común la existencia y preservación de un marco jurídico estable y justo, de un Estado de Derecho sostenido sobre el imperio de la ley que obligue por igual a gobernantes y gobernados y que defienda el derecho natural a la propiedad privada, «que tiene un valor permanente»[17] y sin la cual no puede haber libertad ni progreso económico, no en balde los fenómenos de pobreza suelen estar ligados a los obstáculos a la misma[18].

La primera institución que conforma el bien común es la familia, formada por un padre y por una madre, en la que los hijos puedan crecer en un ambiente de amor, seguridad y estabilidad. Una sociedad que busque el bien común hará lo imposible por proteger a la familia. Un Estado que quiera dominar a sus súbditos hará lo posible por destruirla, pues se interpone entre él y el individuo.

El acceso a una educación independientemente de las condiciones económicas de la persona forma también parte integrante del bien común. Esto no implica que sea el Estado el que provea este servicio, realizado con mayor calidad y menor adoctrinamiento por el sector privado, sino que lo financie de modo subsidiario, es decir, sólo en aquellos casos en que la familia, la comunidad o la sociedad civil no alcancen a hacerlo. La educación tampoco debería ser un derecho independiente del resultado académico, sino dependiente del esfuerzo y del mérito. Obviamente, el bien común engloba también el acceso a unos servicios de salud básicos, de nuevo desde el respeto al principio de subsidiariedad.

Por último, debe subrayarse que el bien común también está conformado por una sociedad que fomente la virtud, la verdad, la responsabilidad, el compromiso y el sacrificio.

La ausencia del bien común genera pobreza material, pero también humana, pues tapona y obstaculiza el crecimiento y la fecundidad de la persona. Ésta no sólo tendrá dificultades para realizarse completamente, sino que no podrá comunicar sus talentos a los demás en el grado en que podría haberlo hecho de contar con un ambiente más propicio. El bien común, por tanto, es la tierra buena y la lluvia generosa que permiten que los individuos puedan florecer y dar el fruto que cada uno está llamado a dar, con sus diferentes características individuales, talentos y circunstancias.

Pobreza voluntaria e involuntaria

Si no se fomenta el bien común, se da una pobreza remediable y, por tanto, injusta. Pero existe también una pobreza irremediable que tiene que ver con la incertidumbre de la vida, con la falibilidad del ser humano y, sobre todo, con su naturaleza caída, pues la carencia de virtudes individuales convierte frecuentemente la pobreza en pobreza voluntaria.

«Manos perezosas generan pobreza; brazos diligentes, riqueza», escribió el sabio en el s. IV a. C[19]. Esta afirmación, hoy casi revolucionaria, habría sorprendido a pocos antes del advenimiento del igualitarismo en el s. XX. En efecto, la condición necesaria (pero no suficiente) de la prosperidad económica de los pueblos son las cualidades personales de sus miembros, esa constelación de virtudes al margen de las cuales «ningún sistema o estructura social puede resolver, como por arte de magia, el problema de la pobreza: laboriosidad, competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio; cumplimiento de la palabra empeñada, audacia; en suma, amor al trabajo bien hecho»[20]. Estas virtudes conforman la cultura de una sociedad y determinan en gran medida su nivel de progreso económico, que varía de región en región y de país en país, con resultados fácilmente constatables.

Por consiguiente, la pobreza relativa no puede ser calificada por regla general de injusta en una sociedad que respeta el bien común. Quizá por ello, el filósofo Julián Marías ―uno de los observadores más lúcidos de la realidad española del s. XX― disociaba pobreza de injusticia: «La pobreza puede coexistir con un estado satisfactorio de justicia, mientras que su eliminación puede dejar intactas muchas injusticias o incluso producirlas». Marías tildaba la justicia social de «falacia» y describía con humor una sociedad igualitarista como «una granja avícola bien administrada»[21].

¿Qué es injusticia social?

Dado que el difuso concepto de justicia social se identifica con demasiada frecuencia con el igualitarismo o la redistribución coercitiva de la riqueza por parte del Estado, contrarios ambos al bien común, podemos redefinir la injusticia social a la luz de éste.

Es injusticia social el ataque a la familia mediante el divorcio exprés o la perversa ideología de género, el aborto y la eutanasia.

Es injusticia social la persecución de la libertad de opinión, de expresión y religiosa, en particular, del cristianismo.

Es injusticia social poner trabas al libre mercado y al libre comercio.

Es injusticia social que se incentive vivir sin trabajar fomentando la holgazanería mediante paguitas y subsidios con cuantías parecidas a las de un salario.

Es injusticia social tener que pagar un nivel de impuestos abusivo que socava el derecho a la propiedad privada y sólo sirve para mantener un Estado elefantiásico que ocupa parcelas propias del individuo, de la familia y de la sociedad civil, apoyado en un «oneroso y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza toda iniciativa y creatividad»[22].

Es injusticia social el grotesco número de regulaciones y normas liberticidas creadas por dicha burocracia, una verdadera dictadura legislativa que asfixia la actividad cotidiana de los ciudadanos y expone a éstos a todo tipo de sanciones injustas.

Es injusticia social que la tasa de desempleo medio en España desde 1978 hasta hoy haya sido del 17% (período que nuestra clase política denomina ridículamente el de mayor prosperidad de nuestra historia), y que hoy dos sueldos apenas puedan mantener una familia con dos hijos cuando una o dos generaciones atrás un sueldo bastaba para mantener una familia de cuatro hijos. La causa final está en el deterioro del bien común, el declive moral, el socialismo cultural y el Estado de Bienestar.

Es una injusticia social aberrante, en fin, que un gobierno se dedique constantemente a provocar la discordia y el enfrentamiento civil, a atizar el odio a quien piensa diferente y a dividir a la población para perpetuarse en el poder.

Podemos aspirar a una sociedad mejor.

[1] Catecismo de la Iglesia Católica n. 1937
[2] ¿Es la desigualdad económica injusta? (I) – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)
[3] Quadragesimo anno n. 137, Pio XI.
[4] Act. 20, 35
[5] El verdadero coste del Estado de Bienestar – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)
[6] Quadragesimo anno n. 79 (Pío XI) y Mater et Magistra n. 53 (Juan XXIII).
[7] Carta pastoral por la Cuaresma, 1976, Juan Pablo II.
[8] Propiedad y libertad, Richard Pipes, Turner 2002.
[9] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia n. 351.
[10] Centesimus annus n. 48 Juan Pablo II.
[11] Solución Social, de Gustave Thibon, Aldaba, 1977
[12] Mater et Magistra n. 65; Catecismo de la Iglesia Católica n. 1906
[13] Centesimus Annus n. 39
[14] Vida y palabras de sabiduría de San Chárbel, de Hanna Skandar, Nueva Era, 2014.
[15] Centesimus Annus n. 34
[16] The Common Good of Constitutional Democracy, M. Rhonheimer 2013, p. 480.
[17] Mater et Magistra, n. 109, Juan XXIII
[18] Centesimus Annus n. 6
[19] Prov. 10,4
[20] Discurso con Ocasión del 350 Aniversario de la Publicación de Galileo, Juan Pablo II, 1983
[21] La justicia social y otras justicias, Julián Marías, Austral 1979.
[22] Centesimus annus n. 25

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La Universidad de Barcelona lanza una alerta sobre posible eugenesia en reproducción asistida

El Observatorio de Bioética y Derecho (OBD) de la Universidad de Barcelona ha lanzado una alerta sobre el posible uso de técnicas de selección genética de embriones, específicamente el cálculo de riesgo poligénico, que podría conducir a prácticas de eugenesia en la reproducción asistida. El OBD en un documento advierte sobre la creciente oferta de técnicas reproductivas y la selección genética de embriones podrían derivar en prácticas eugenésicas, lo que plantea serias preocupaciones éticas. “Existe un mercado de servicios en torno a la reproducción asistida que ofrece certezas donde no las hay. Este mercado favorece la eugenesia de forma encubierta, al jugar con las expectativas y las preocupaciones de personas y parejas”.

El informe destaca que la selección genética, si bien inicialmente destinada a evitar enfermedades graves, podría extenderse a la elección de características no médicas, como el sexo o atributos físicos.

Para mas información puede acceder al siguiente documento.